Las interpretaciones son magníficas, sobre todo las de Amy
Adams y Patricia Clarkson, geniales y creíbles en un discurso
que en principio pudiera parecer misógino, debido a la imposibilidad de
encontrar una buena mujer en su oscura trama, ya que la periodista Gillian Flynn parece haber
recurrido al manual diagnóstico de enfermedades mentales (DSMIV) para caracterizar a
las protagonistas con amenazantes trastornos mentales.
Así, la neurótica madre Adora Crellin (Patricia Clarkson) padece
el abominable síndrome de Munchausen por poderes, mientras que su hija Camille Preaker (Amy Adams) padece un trastorno límite de la personalidad (TLP) que
la induce a autolesionarse. El resto de personajes femeninos, como las
inquietantes compañeras de colegio de la protagonista convertidas en madres tradicionales, la alcoholizada amiga Jackie O’Neill (Elizabeth Perkins) o las
rebeldes putillas adolescentes que forman parte del inquietante paisaje del pueblo natal de Camille. Mientras que los personajes masculinos se presentan sin fisuras. El varonil y atrayente detective Richard Willis (Chris Messina) y el paternal
jefe Bill Vickery (Matt Craven) todo ponderación
Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, estamos ante un discurso feminista con el que la propia escritora busca equiparar en maldad a ambos sexos y contrarrestar así el estereotipo según el cual, la mujer no pueden hacer el
mal. Siguiendo la novela, la serie trata de mostrar, como ya hicieran cineastas como Luc Besson, que las mujeres, aunque con medios diferentes, también
hacen el mal.